OLORES (USAINAK)

ERA SEPTIEMBRE (IRAILA ZEN)

EL TITANIO (TITANIOA)

LA REINA DE SABA (SABAKO ERREGINA)

GRITA LA CARNE (ALDARRI EGITEN DU HARAGIAK)

LA CIRUELA (OKARANA)

LA MANZANA DE LA MAÑANA (GOIZEKO SAGARRA)

VUESTRAS SOMBRAS (ZEUON ITZALAK)

ANTE EL MAR (ITSASOAREN AURREAN)

 

Joseba Barrenetxea

 

OLORES
(USAINAK)

Los olores son los caminos de los recuerdos, madre.
Así me vienen los de la abuela
sonándose al fondo de la huerta;
en el regazo del mar en cambio
vienen los de los juegos de la infancia que bailan.

Lo que entonces no sabía
que irían a morir
la abuela y el niño.

Los olores, madre, son el camino de los recuerdos.
Así me vienen al sol del puerto
la fábrica de pescado, la gasolina, el tío
y sentir en la orina de la calle de los gatos
que entre tanto el mundo era un misterio.

Lo que entonces no sabía
que cerrarían la fábrica
que morirías.

Madre, los olores, son el camino de los recuerdos.
Así me vienen al tender la ropa
en mis manos los de las tuyas de entonces;
siempre o casi siempre el de la lejía
algunas veces del derrame del amor.

Lo que entonces no sabía
que algunos de los olores de las manos
eran los de la semilla de mi padre mezclados con los tuyos.

Madre, los olores son el camino de los recuerdos.
Así que no puedo planchar
sin que el vapor me traiga tu recuerdo;
me viene el llanto al oler la lejía
y algunas veces después del amor también, madre.

 

Joseba Barrenetxea

 

ERA SEPTIEMBRE
(IRAILA ZEN)

Zarzas a los lados del camino a la playa
casi temblaban por el débil viento del mar,
y tú comenzaste a recoger moras.
Teñida de caoba, tenías rojiza la melena.

Borracho, deseando lo más alto de las ramas,
así, de improvisto me mostraste tu cintura;
tu felicidad era el instante eterno
de quien de pronto se ha convertido en niño de nuevo.

En el cambio se aflojaron los pantalones, el ombligo a la vista,
encima de los tobillos forzadas las piernas,
los pezones también parecían frutos germinales
erectos bajo aquella liviana camiseta blanca.

Era septiembre, y la carne de los dos tan nuestra,
desatando un botón proclamé
los labios, la cintura, el ombligo, tus moras,
y dije que allá abajo la arena era lecho.

 

Joseba Barrenetxea

 

EL TITANIO
(TITANIOA)

En un tiempo América cegó el alma mercader de esta ciudad, porque América le proporcionaba plata. Oh, la geografía de los mercaderes. Plata: número atómico, 47; peso atómico, 107,86. En la tabla de Mendeleiev.

Después en cambio el hierro cegó el alma de estos amantes de la plata, porque el hierro hacía la plata. Oh, la alquimia de los mercaderes. Hierro: número atómico, 26; peso atómico, 55,80. En la tabla de Mendeleiev.

Hoy el titanio ciega el alma de hierro de esta ciudad, porque el titanio hace lo del hierro, y porque el alma mercader de esta ciudad que una vez la plata cegó no puede vivir sin estar ciega. Titanio: número atómico, 22; peso atómico, 47,90. En la tabla de Mendeleiev.

Oh, de número en número son cada vez números más bajos y de peso en peso cada vez más livianos los metales que ciegan el alma de esta ciudad mutante.
Mientras tanto, a mi me ciegan los que no están en la tabla de Mendeleiev. Es que el alma ciega de esta ciudad mutante no ve las carnes heridas —número atómico, 0; peso atómico, 0; no se encuentran en la tabla de Mendeleiev— los cuerpos heridos —número atómico, 0; peso atónico, 0; no aparecen en la tabla de Mendeleiev— las almas doloridas —número atómico, 0; peso atómico, 0; no figuran en la tabla de Mendeleiev.

Con el tiempo, la plata se oscurece, y el hierro se oxida. Todavía desconocemos si se oscurecerá el titanio, o quizás también se oxide. Aquellos que conocen mejor la tabla de Mendeleiev deben de saberlo. Seguro.

 

Joseba Barrenetxea

 

LA REINA DE SABA
(SABAKO ERREGINA)

¡Qué bellos son tus pies en las sandalias,
hija de príncipe!
Tus ojos, como las pesqueras de Hesbón
junto á la puerta de Bat-rabbim.

Las uñas de los dedos de los pies moradas, los pies a la vista,
perlas en los tobillos, en el largo cuerpo pantalones
de hilo blanco y chaqueta de lycra
la Reina de Saba esperando el autobús.

El pelo largo hasta el cuello, puntillas en los lóbulos,
sonando en las orejas el mp3 o el mp4
¿dance, house, reggae, indie, o chill-out?
La Reina de Saba camino al trabajo.

En las estanterías a elegir a buen precio
especias, té, olores de perfume;
gratis su sonrisa, que hermosos los labios,
la Reina de Saba en el súper mercado.

En la fila de la caja yo, y al otro lado
ella, en el uniforme aparece el nombre,
si no me equivoco, Anny G. Makeda:
la Reina de Saba, trabajando de cajera.

Otra esclava más, en la cadena de esclavos,
le acaricio con los ojos por la mañana
y al acabar el día cuando está
la Reina de Saba, esperando el autobús.

 

Joseba Barrenetxea

 

GRITA LA CARNE
(ALDARRI EGITEN DU HARAGIAK)

Es tiempo de jibia bajo el agua.
El viejo pescador entonces, en silencio
prepara con cuidado el bote,
para antes de clarear la mañana
ir en busca de hembras vivas.
En tierra han madurado las manzanas.

Cuando el sol está en su cenit
el pescador regresa al puerto;
las jibias hembras, cosido el hilo en la aleta,
las deja prisioneras vivas en el agua
para que vengan a buscarlas las jibias macho.
Las cerezas también han madurado en tierra.

Las sangres hacen daño en las venas
y se encenderán fuegos en el borde de los acantilados
para acariciar con el humo también a las higueras.

Comenzada a arrugarse la piel de la ciruela
se embriagarán los ojos con el brillo
del anochecer del txakoli, los labios también maduros.

Al día siguiente el pescador se levantará temprano
llevando la red a la llamada de las jibias hembra
buscando las jibias macho que se les han acercado.
En tierra cuando todavía están calientes los restos del fuego,
me dirás que las peras también están maduras
desnuda mirando a la huerta del otro lado de la ventana.

Se les pasará la época a las jibias hembra,
no se les volverá a acercar ningún macho
y el pescador troceará para carnada las últimas.
Las manzanas caerán como las peras
y las arañas seguirán cosiendo su nación de las faenas silenciosas
aunque las moras no están aun maduras.

Es pues ahora el tiempo de las jibias bajo el mar.
En tierra las manzanas están maduras,
la injusticia sigue adelante
y dolorida por no poder convertir la palabra en martillo
grita la carne
para gozar herida
de la herida que es la vida misma.

 

Joseba Barrenetxea

 

LA CIRUELA
(OKARANA)

Abre tranquila los brazos,
dame en caricias
todo
lo que sabe dar el verano:
las cerezas,
la manzana,
la ciruela.

(las cerezas y la manzana;
dime donde tienes
guardada la ciruela)

Déjame ir
bajando por las Naciones del cuello,
al Valle
de las Lunas Borrachas:
estará allí Usozelaia;
Eperlanda,
Akelarrea.
(paloma y perdiz;
dime donde está
el prado de los placeres).

Dame la pequeña muerte
de un breve momento,
llorando al derramarme
la última sonrisa:
las lágrimas,
la miel,
la vida.

(las lágrimas y la miel;
que la vida se nos vaya
de pequeña muerte en pequeña muerte).

 

Joseba Barrenetxea

 

LA MANZANA DE LA MAÑANA
(GOIZEKO SAGARRA)

Yo quisiera, mi amada puta,
muy temprano de mañana, mientras tomas el café
vestirte despacio.

Yo te vestiría, mi puta
sucia amada, comenzando de los pies hacia arriba
despacio
y cada vez más arriba
loco,
dirías en un suspiro
cabrón, que cabrón,
¡Más despacio!, o
¡Ahora no, después!

y, ¡ahora no, después!
te estrecharía la cintura,
y te ataría fuertemente la cuerda en la espalda
o,
mis labios a la fuga,
buscando temblando los tuyos, mi puta,
mi amada puta,
mi querida sucia puta.

Y sin buscar que se haga tarde
muy despacio en caricias robadas
así nos perderíamos;
oliendo el perfume de tierra
de la piel de tu nuca,
acariciando con la garganta
tu pelo aun mojado,
comiendo las cerezas, buscando los jugos.

Y a punto de tomar de nuevo
de la manzana
y dejado el café encima de la mesa
casi sin tocar
tu misma te vestirías
con prisa
y me dirías suavemente:
Ahora no, después, después;
o, ¡cabrón, qué cabrón, despacio!

mi amada puta, mi puta
querida.

Joseba Barrenetxea

 

VUESTRAS SOMBRAS
(ZEUON ITZALAK)

A la lluvia se le ha roto alguna cuerda
¡en nuestro tejado, abuela!
Ya lo saben también hasta los gatos del puerto.
Los que están bajo los toldos de lona y las barcas
con el rabo guardado en las barbas.

Somos huérfanos viejos.

Convertidas en polvo la lágrimas
no nos vienen ya a los ojos,
si no es, secas, a la boca.
¡Hace tiempo que los sapos no croan!
No vuelven a las oquedades del puerto.

El mundo es mudo en nuestros oídos.

Las rocas pues septiembre y el viento sur,
las moras y los mares tranquilos tienen
bajo la lluvia de invierno, como nosotros, sueños.
Entre tanto vuestras sombras hacen temblar
nuestros corazones y las higueras.

Todavía es templo el puerto.

 

Joseba Barrenetxea

 

ANTE EL MAR
(ITSASOAREN AURREAN)

Entonces decidles a las abejas: ¡Omar Nabarro ha muerto!
Y decidles que con él han muerto
Jiménez y todos sus demás heterónimos,
los apodos de los tiempos escolares,
los nombres secretos familiares, los del servicio militar
y todos los demás,
y que cualquiera es libre de utilizar todos ellos:
como han sido antes ahora.

Y de no haber abejas decidles
a las arañas, a las polillas, a los mosquitos,
a las mariposas, menos a las moscas
a todos los insectos voladores
a los mismos coleópteros
que difícilmente vuelan en el aire
Omar Nabarro ha muerto:
volad, y llevad la noticia.

Y si la muerte sucede un jueves,
traed a la memoria a Cesar Vallejo,
más aún si llueve;
y si no es así, si es por ejemplo un martes,
mirad, mirad hacia arriba
a medianoche, por si está
allí el astro rojo, Marte,
y llorad
por toda la inundación de sangre
y mentiras vertidas en el mundo. El astro rojo
no ha tenido nada que ver en ello.

Decídselo pues, sea el día que sea;
después enterradme ante el mar,
como a Robert Louis Stevenson,
a sabiendas de que mi corazón hace tiempo
que se encuentra enterrado en Wounded Knee;
colocadme con los pies hacia el norte la cabeza hacia el sur,
encima del eje exacto
de las migraciones de las espátulas y garzas.
No hagáis humo de mí,
porque el humo ahuyentaría a las abejas y demás.

Humo de carne viva quemada,
el humo de vuestra viva carne quemada a las abejas,
el humo de la carne a las abejas, Graciana,
el que les impidió tener noticia de vuestra muerte,
¿Se lo impidió, Graciana?
¿Quizás fuese el humo el que te trajo
el llanto en el momento de la muerte,
Graciana, fue el humo el que trajo las lagrimas a tus ojos,
y las dejó allí para siempre yermas?
¿El humo, Graciana?

No hagáis humo de mí, entonces,
y enterradme bajo el techo del firmamento
de alas de gaviotas, en recuerdo de Paul Valery;
en el rincón de la pradera de las abejas,
de esos herrerillos y lavanderas, de los pinzones
y zorzales, allí,
al lado de la transparente nada
de la madre y la abuela que me hicieron indio,
justo en el silencio de la oreja del padre
que me convirtió en mestizo,
en ese Natural History Museum Cantábrico,
que esté allí, mientras la especie sea también allí
en la espera del final que tuvieron las amonitas.

 

Joseba Barrenetxea

 

Traducción: Joseba Barrenetxea

 

 

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